UNA CHARLA CON RIUS

Cuando terminaba la Secundaria apareció su cuento “Los Supermachos” (1965) el cual me gustó de inmediato. Seguiría su huella en “La Garrapata”, una revista de sátira política por demás interesante y deleitosa. Al desaparecer Los Supermachos le siguieron “Los Agachados” y una serie de libros, algunos buenos, otros ajenos a mi interés.

Me refiero obviamente al caricturista y escritor michoacano Eduardo del Rio “Rius” fallecido en días recientes. A finales de los años ’60 presentó con mucho éxito en nuestra ciudad la obra de teatro “Los Supermachos” en el Teatro Experimental de Jalisco (que es parte del Parque Agua Azul y de otros edificios emblemáticos de Guadalajara en aquella época y aquella zona).

En dicha obra el actor Pedro Orozco hizo el papel de Juan Calzónzin, por cierto muy bien logrado y bajo la dirección de Luis Gómez Beck. De hecho todos los actores parecían salidos del cuento. “Don Perpetuo”, el presidente municipal era idéntico; “Chon Prieto” su barriga y simpatía no se diga. Los díalogos y la picardía hicieron única esa obra, acrecentando la fama del autor de Los super machos.

Vinieron otros tiempos, días difíciles para la gran mayoría de los mexicanos que luchábamos para salir adelante. Tiempos en los que el comunismo quedó exhibido ante las naciones como una utopía, un modelo impráctico por cuanto el problema es el hombre mismo, cuya tendencia a oprimir al otro no parece tener fin.

Llegado el momento las ideologías, si bien no se derribaron del todo y en lo individual permanecen sin efecto social (al menos no significativo), su falta de aceptación llevaron finalmente a la caída el Muro de Berlín y a la desmantelación de la URSS.

Los rabanitos mexicanos (así se les calificaba irónicamente a los rojillos locales: rojos por fuera, blancos por dentro) no se enteraron de lo que sucedía en el mundo, o no quisieron hacerlo. Durante los años de crisis devaluatorias su interés por el pueblo no existió, ni pintó. Con excepción de la República hermana de la UNAM (Gabriel Zaid, dixit) en la que su retórica “revolucionaria” incendiara a las nuevas generaciones de incautos que ingresaban, fuera del campus, su interés y ayuda por las masas apenas quedó en ensayos, discursos y retórica estéril.

En lo que respecta a Rius en lo personal dejé de leerlo, perdí interés en ello, él como muchos otros que se autocalifican de izquierda (posición por demás cuestionable) se quedaron en el ayer, en ese dogmatismo ideológico que en todo el mundo terminó en fracaso pero que en México lo han pretendido vender como algo positivo. Lo peor de todo que con el apoyo de muchos medios (sobre todo en las secciones culturales y con grandes recursos económicos aportados desde el gobierno a partir del último lustro del siglo pasado). Valga decir que los resucitaron. Que dieron vida a la mujer de Lot.

Volviendo a Don Eduardo, hace unos cuatro o cinco años me visitó en mi stand en la FIL (en la que participé por 27 años con un espacio propio, pagado de mi bolsillo, aclaro, y hasta el año 2015). Se interesó en mi libro “ENTRE LA CRUZ Y LA HOGUERA”, un libro que narra la historia del pueblo judío en España desde la época del rey Salomón, hasta su expulsión en 1492, continuando la historia con la llegada de parte de esos sefarditas a la Nueva España ya como conversos al catolicismo (aunque siempre guardando y recordando su origen) y  hasta su asimilación a inicios del siglo XIX. Rius, siendo él mismo descendiente de conversos y aceptándolo con la picardía que siempre tuvo, escribió un libro verdaderamente antisemita, lo que en su momento me alejó aun más de su lectura, pues se me hacía absurdo que sabiendo su origen hablara mal, muy mal de su sangre. Era como escupir al cielo.

Sobre este tema iniciamos nuestra larga charla, que pasó de lo histórico a lo social y de lo social a lo político. Ya en persona, y lo digo con seriedad y respeto, no era la figura intelectual que parecía ser o que le gustaba dijeran que era. Su cultura no era tan amplia y su objetividad se resquebrajaba cuando se llegaba a los márgenes de su obsoleta y rígida ideología.

Una parte de nuestra charla se enfocó en las cuestiones religiosas, pues habiendo leído en mi juventud que él fue seminiarista y luego renegó de Dios (cosa que los rabanitos criollos hacen con frecuencia, como si ser ateo fuese requisito para interesarte y comprometerte con las causas sociales) por ese sendero caminamos buen rato. Le confronté con sus argumentos sin sostén y le llevé una y otra vez a los cimientos de la Biblia, señalándole que la fe nunca ha estado peleada con la inteligencia, al contrario, una fe bien entendida desarrolla el intelecto de la persona (al amar a Dios con toda la inteligencia). Su seguridad comenzó a flaquear al carecer de respuestas sólidas.

El día que Don Eduardo del Río falleció me encontraba de vacaciones y leí su deceso en Texas en las páginas del diario El Mañana de Nuevo Laredo. Además de narrar que su cuerpo sería cremado (el último acto de rebelión espiritual de una persona). Lo lamenté en verdad. Sobre todo por su actitud rebelde contra Dios con el que ya se había reunido, en el entendido que hay un abismo al encontrarse con Dios como padre o como juez.

Durante esos días abundaron en la prensa los comentarios de sus amigos (sobre todo de los dueños de la cultura y el movimiento del ’68) quienes dejaron salir elogios sin fin para el que ya no podía leerlos ni escucharlos. Hubo uno en particular que me escalofrió por su soberbia e insolencia, escrito por Elena Poniatowska, que entre otras barbaridades y muestra de arrogancia por enésima vez negó a Dios mismo (con el que más temprano que tarde se enfrentará, el reloj de arena ha dejado pasar ya mucha).  He aquí el texto:

 

―”Rius fue nuestro Piaget… Rius fue, sin proponérselo, uno de los grandes educadores de México del siglo XX… Todos los moneros amararon a Rius… El Fisgón, creyó más en él que en la Virgen de Guadalupe. Y yo creo más en el Fisgón que en Dios padre” (El Mañana, 10/Ago/2017).

 

En ese mismo artículo, esta mujer, a la que Luis González de Alba acusara de fusilarse parte de su crónica del ’68 de su libro “Los días y los años”, dejó salir además su “profundo y abundante” bagaje ideológico:  ―”Todo lo que sé y sabré jamás de marxismo se lo debo al Marx para principiantes” ¿Para qué leer al propio Marx, Hegel, a Lenin, si con leer a Rius le resultó suficiente?.

Concluyo: charlé, sin proponerlo ni él ni yo, más de una hora con Eduardo del Río “Rius”. Fue una charla amplia, entre hombres de libros y en el foro más importante de libros. Me quedé con algunas reflexiones: no siempre la popularidad y el éxito están acordes con la realidad de las personas. Como también me dolió su altivez de corazón, su soberbia ante Dios, ante quien, y que por lo que discerní, temblaba (pues en lo personal no concedo palmas cuando el otro considero no las merece, por lo que le confronté con respeto e interés genuino con su absurda posición). Si alguien del clero le falló, no ha nacido el hombre que le pueda reclamar a Dios tal cosa. Su amor, perfección, justicia y santidad, entre otros atributos, impiden semejante yerro que a los humanos nos corresponde. Así que charlamos más de una hora, y con Dios ya charló en el momento que murió ¿cómo le iría con el Creador, se encontró con su padre o con su juez?

¡Hasta el próximo sábado, si Dios nos permite!

 

Email: mahergo50@hotmail.com