SIN JUSTICIA, NO HAY PAZ NI LIBERTAD

Nos hemos ido sumiendo como nación en el pozo de la decadencia. Nunca antes se había hablado tanto de corrupción como en el presente y nunca había llegado ésta a los límites que se encuentra, ni qué decir de la violencia, los asesinatos y la inseguridad en general. Ríos de sangre han corrido en lo que va del siglo y casi toda derramada al amparo de la impunidad.

     En una esquizofrenia total se clama a gritos para que se detengan los crímenes y al mismo tiempo el estado, ONG’S y demás, invocan los derechos humanos en prevención y protección de los criminales, dejándose a las víctimas y a los dolientes sin justicia y en impotencia total.

     México es el reino de la impunidad, ni el gobierno federal, ni los estatales, ni los municipales hacen nada efectivo por detener esta avalancha sangrienta que enluta año con año decenas de miles de hogares. En lo que va del siglo XXI nuestro país pareciera ser un país de asesinos y narcotraficantes. Duele mucho escribirlo, y no es así, pero visto desde fuera y en muchos sectores de la población, así pareciera ser y así es en verdad. Hay pueblos enteros donde su gente son asesinos y delincuentes.

      Y no fue por generación espontánea, y aunque como teólogo distingo con claridad un factor de origen, como periodista debo señalar que ha sido el relajamiento, debilitamiento y desinterés del estado mexicano en todas sus instancias (por aplicar la ley) lo que ha permitido que esta vergüenza y calamidad nacional nos aflija de costa a costa y frontera a frontera; aún, cuando muchos medios corruptos le hagan el juego a los gobiernos y un día digan una cosa y al siguiente le acomoden. La realidad es eso: realidad.

     Parte de ese relajamiento obedece a una mal entendida separación de poderes, a una ignorancia supina del Poder Judicial (federal como estatales) de su rol social, así como a una condenable indiferencia de los Poderes Ejecutivo (federal y estatales); los primeros por convertirse en meros burócratas chambones ―y no pocos en mercaderes de la justicia― olvidando de manera total que su función básica y trascendente es IMPARTIR JUSTICIA; mientras que los segundos, encogerse de hombros y dejar que cada quien haga lo que le venga en gana, aunque como todos los mexicanos sabemos, no pocos de estos virreyes de opereta se han dedicado a amasar insultantes fortunas que ni ellos ni sus estigmatizadas familias se podrían gastar jamás.

     Las advertencias certeras del entonces candidato Luis Donaldo Colosio (emanada la siguiente de los Evangelios) cada vez suenan más fuerte sin que secretarios, jueces, magistrados y ministros quieran oírlas. De hecho, es probable que la mayoría las desconozca pues si no leen ni los expedientes, mucho menos se darán por enterados de la denuncia de este mártir de la democracia: “¡Veo un México con hambre y sed de justicia!”

     La sociedad mexicana se encuentra profundamente agraviada a causa de tanta violencia e injusticia, dolida por los abusos de tanto funcionario prepotente, indiferente a sus necesidades y reclamos, de las legiones de inspectores y policías corruptos y extorsionadores, de otra manera no se podría entender que hayan votado por un candidato que carece del perfil adecuado para la presidencia, pero que les prometió hacer lo que ellos les han negado hasta ahora. El cansancio y el hastío se hicieron presentes en las urnas.

     Un dato simple: en lo que va del año 2018 y según datos de las Cámaras patronales en Jalisco, los delitos en contra de sus agremiados han aumentado en un 60 por ciento.

     ¿Para qué sirve la enorme cantidad de policías municipales, estatales y federales? ¿Para qué sirven tantos y tan costosos juzgados penales, estatales y federales, si tenemos en Jalisco una impunidad de casi el 99 por ciento? Resulta una soberana estupidez y un acto supremo de ofensa a los ciudadanos, tutelar celosamente los derechos de los delincuentes, sin antes hacer justicia a las víctimas y asegurar la reparación del daño.

      En la mayor parte de los casos tenemos jueces de adorno, de utilería, individuos que no quieren comprender su función social a la cual no ligan jamás con el quehacer público y el buen funcionamiento de la República. Pedir que conozcan el Contrato Social como nos enseñaron en la facultad de derecho (U de G.) en los años ’60 quizá sería mucho pedir pues es probable que no sepan ni quien es J. Jacobo Rousseau, mucho menos Thomas Paine.

       Por si no fuera suficiente para México este cuadro de desgracia e injusticia suprema, los demócratas del país vecino (durante el ejercicio del poder) movieron y presionaron al gobierno mexicano para que implementara el modelo judicial que ellos tienen, pues la idea era que en un plazo no muy lejano nos uniésemos Canadá, Estados Unidos y México al estilo de la Unión Europea. No contaban que el señor del copete naranja le arrebataría la presidencia a Hillary Clinton.

     Un modelo (Nuevo Sistema Penal Acusatorio) totalmente inútil e incompatible con la idiosincrasia del mexicano (tan proclive a mentir) y que solo ha servido para que la impunidad crezca y amenace con el caos total (que dejaría al país en manos de la delincuencia al carecer de un estado fuerte que ponga orden y haga valer la ley).

     Y es que, mientras que en las Procuradurías (o Fiscalías, es lo mismo) no avanzan las averiguaciones hoy llamadas “carpetas de investigación” y la mayoría se archiva o se detienen a gusto de ciertos litigantes poderosos (acrecentándose hasta el infinito la impunidad); los jueces de control, al menos la mayoría, juegan a ser jueces gringos a través de la tecnología de las salas, exigiendo formalidades que ni ellos guardan en su presentación personal, mucho menos en sus acciones, pues los ofendidos o denunciantes van en busca de justicia ¡JUSTICIA!, no a prestarse a farsas legaloides de juicios que solo existen en la fantasía judicial, una fantasía lesiva para la República y para la estabilidad nacional.

     Digámoslo abiertamente, no se necesitaba de un nuevo sistema penal, se necesitaba simplemente que se hiciera valer la ley y pusiera un alto a jueces y policías que se habían desviado de sus deberes. Mientras no haya un gobierno que ponga orden, no existirá sistema judicial alguno que sirva en un país donde a los impartidores de justicia solo les importa su cheque (y a otros los negocios).

     Algo más, la democracia es mucho, pero mucho más que las elecciones, es un sistema donde la sociedad vive armónicamente bajo el imperio de la ley. Punto. Nos despedimos entonces con las palabras de Alexis de Tocqueville: “Aquellos que consideran el sufragio universal como una garantía de la bondad de la elección son unos ilusos. El sufragio universal tiene otras ventajas, pero no ésa”. (La Democracia en América, Alianza Edit. pág. 187). Las elecciones fueron una petición generaliza de justicia, sin la cual no hay ni paz ni libertad.

¡Hasta el próximo sábado, si Dios nos permite!

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