ALDEA GLOBAL: EN CRISIS Y SIN FUTURO

Aunque es actor importante en el actual drama mundial, sobre todo para los mexicanos que están conscientes del daño que está ocasionando su gestión, hoy no hablaremos exclusivamente de AMLO, sino del estado que guarda la sociedad humana en general.

La violencia estúpida que hunde a la sociedad en Chile, Bolivia, España, Ecuador (en días recientes), Hong Kong, Irak, Líbano y México, entre tantas otras, es síntoma de enfermedades sociales casi en grado terminal, que de no atenderse a tiempo y con la medicina adecuada, carecen de un futuro promisorio; aunque gobiernos y promotores de ese modelo social aseguren lo contrario y digan que están haciendo lo correcto. Lo mismo creen sus violentos detractores.

     El pretexto para dar rienda suelta a los instintos bestiales de la turba puede ser legítimo (como es el caso de la tarifa en el Metro de la ciudad de Santiago, en Chile), sin embargo, cuando se somete la turba al escáner de la verdad, este arroja otros resultados que nada tienen que ver con la tarifa del transporte. La insatisfacción interna de la turba, así como su furia reprimida, son otra cosa; producto de una formación sin disciplina, de no aceptar jamás la opinión ajena y menos si viene de una autoridad; que si bien se equivocan con demasiada frecuencia, hay mecanismos legales para hacerle saber su desacuerdo.

Pero no se trata de eso. Se trata de echar desmadre, violencia, destruir por destruir, rebelarse contra todo poder legítimo (o ilegítimo), así fueron educadas ya las nuevas generaciones. La psicología, disciplina que no es ciencia, contribuyó enormemente para cuestionar y deshonrar las instituciones que sostuvieron por miles de años la civilización. No se diga el ataque contra la fe judeocristiana, que entre Nietzsche, Camus, Sartre y otros muchos de sus acólitos, cuestionaron y metieron a las aulas hasta sacar a Dios, primero de las escuelas y finalmente de la mayoría de los hogares, quedando apenas dos remanentes, antagónicos con vida que se mantienen firmes (antagónicos a causa de sus creencias, aunque para los incrédulos sean lo mismo).

    Los primeros, que son los más, son los que conservaron la fe sostenidos en la tradición y la simple costumbre. Los segundos, los que creyendo solamente en Dios y las Sagradas Escrituras, nutren su fe del mensaje divino sin transigir por tanto con las conductas del ateísmo pragmático de la aldea global, repudiando a la vez el sincretismo de la tradición y las costumbres, lo que les convierte —quiérase o no—, en objeto cotidiano de discriminación. Es difícil para el incrédulo carente de orden y disciplina, tener frente a sí, vidas que le representan todo lo que él fue enseñado a rechazar. Claro, le muestran sin palabras un modelo de vida que le dijeron no es posible, pero que la realidad le exhibe otra cosa. Una realidad que le muestra un mundo superior en el plano espiritual que él desconoce y rechaza sin bases valederas.

Las masas de hombres (y mujeres) posmodernos que se rebelan ante todo y por todo, que aseguran ser tolerantes, pero que conceden más valor a las mascotas que a las personas; que no paran de hablar de libertad y gran parte de ellos son esclavos de vicios, drogas y pasiones desbordadas; que son ciegos sin embargo en lo que sucede al otro, al prójimo, a su entorno social. Su ligereza de pensamiento y formación egoísta les ha conducido a esa invidencia.

    Esto se observa claramente en la necedad e intransigencia de los manifestantes profesionales, que reclamando “derechos” pisotean con furia y  menosprecio los derechos de la mayoría, destruyendo a su paso lo construido con el esfuerzo y dinero de los que trabajan y observan la ley. Incapaces de razonar a causa de su espíritu violento, pasan de largo y destruyen como marabuntas o hunos de Atila cuanto encuentran por su camino, sin pensar siquiera que los GOBERNANTES JAMAS CONSTRUYEN NADA CON SU DINERO (al contrario, buscan la manera de llevarse lo más que pueden), de manera que lo que destruyen es parte del patrimonio social, del esfuerzo e impuestos  pagados por los que SI trabajan (y carecen de tiempo y educación para andar de vándalos).

No ven jamás el daño a los bienes del otro, al tiempo del otro, al traslado del otro, a su vehículo, al enfermo en traslado, al que perdió el trabajo o la cita para tal. Se abrogan derechos sobre todo cuanto existe a su paso, pisoteando en su soberbia e intransigencia el estado de derecho y la libertad de los demás que siempre son mucho más que ellos y violando abiertamente el artículo 9º constitucional (en el caso de los mexicanos), entendidos que en cada país la turba viola su propia ley.

Y es que, al repudiar los valores que por milenios sostuvieron la moral pública y privada, rompieron el orden. Simplemente: ¿dónde quedó el Decálogo? ¿Cómo entienden gobiernos y nuevas sociedades el mandato de no matar?, si en nuestro país se cometieron al menos 34 mil asesinatos en el año 2018 y en lo que va del presente van 26,629. Es aberrante e inaceptable que gobierno y nuevas sociedades se interesen más por los ‘derechos humanos’ de los delincuentes que por la detención y proceso de los mismos (ni qué decir del olvido para las víctimas y la reparación del daño), promoviendo una impunidad jamás vista.

Ante la falta de espacio, nos limitamos a señalar que hay un engreimiento a causa de conocimientos y posturas políticas que han mostrado su fracaso total. Un fracaso que es probable no sea aceptado y mucho menos reconocido, y que si llega a suceder, quizá sea demasiado tarde (la soberbia siempre será mala consejera).

En su maravillosa y sorprendente obra, con maestría y sarcasmo, George Orwell describe un sistema político imperante muy semejante al que padecemos. Entre otras cosas que critica su anti utopía, es por cierto las premisas del gobierno dictatorial de su novela: “LA GUERRA ES PAZ, LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD, LA IGNORANCIA ES PODER”,

En su libro 1984, escrito entre los años de 1947-48, se considera a la historia un enemigo peligroso, fuente de ideas que la nueva sociedad no debiera conocer, razón por la que el gobierno dictatorial crea el “Ministerio de la Verdad”; dependencia en la que todas las cosas (incluida la literatura) se están reescribiendo: “Por lo tanto, la historia se vuelve a escribir sin cesar. Esta falsificación día a día del pasado… es tan necesaria para la estabilidad del régimen”, de ahí que en otra parte la obra advierta: “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado” ¿Algo así como que los que mataron al empresario Garza Sada ahora quieran presentarlos a las nuevas generaciones como supuestos héroes?, sobre todo si se toma en cuenta que algunos de los que le gritaban al último presidente emanado de la Revolución Mexicana –al pasar por abajo de su balcón en Palacio Nacional durante sus manifestaciones (1968)-: “¡no queremos Olimpiada, queremos revolución!” (tomando como modelo la soviética y la cubana y repudiando la nuestra, que costó un millón de vidas) ¿Querrán controlar el pasado también y reescribir la historia nacional?

Como humanidad hemos caminado mucho trecho, una larga historia nos advierte lo bueno, lo regular y lo malo que hemos hecho. Lamentablemente hemos llegado a un punto en que como en la novela de Orwell muchos gobiernos pretenden engañar a sus gobernados a través de un maniqueísmo vulgar y absurdo, mientras que las turbas carentes de visión y disciplina alguna intentan sumir a la aldea global en el caos. Cabe aquí la pregunta que se hiciera al respecto el rey David y con esto concluimos “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y rebelan contra su Ungido (Mesías)” (Hechos 4:25-26).

¡Hasta el próximo sábado si Dios nos permite!

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