¡AL DIABLO CON LAS INSTITUCIONES!

Advierte la sentencia divina que “de la riqueza del corazón habla la boca”, así que los mexicanos no estábamos ignorantes del valor y de lo que representaban las Instituciones públicas para el eterno candidato Andrés Manuel López Obrador. Repetidamente lo dijo “¡Al diablo con las Instituciones!” mostrando abiertamente lo que había en su corazón. Su miserable riqueza moral y cívica.

La cuestión, y muy grave, es que en el año 2018 ganó —por las razones más que conocidas— la presidencia de México, y que lamentablemente al asumir el cargo, y como era previsible, se ha dedicado a destruir una a una las Instituciones públicas desmantelando el estado mexicano y con ello la República, que, parafraseando a Churchill, tanta sangre, dinero, trabajo y lágrimas nos han costado.

De entrada, lo que ha hecho con la Fiscalía General de la República (antes PGR) es un cañonazo a los pilares del estado de derecho y la estabilidad nacional, convirtiéndola en un carísimo ente ornamental que no toca a las cada vez mayores y sanguinarias bandas de asesinos ni con el pétalo de una rosa. Quedando como mera policía dedicada exclusivamente a perseguir a los enemigos políticos del führer.

Ni qué decir de su furia contra los fideicomisos, a los que, alegando corrupción, en lugar de combatirla como era su deber, en un tris decidió desaparecer 109 de ellos, ocasionando con su odio contra las instituciones daños gravísimos al país (El Universal, 8/Oct/2020). Entre otros tan conocidos como necesarios: Fondo de Desastres Naturales, Fondo de Cooperación Internacional en Ciencia y Tecnología, Fondo para el Deporte de alto Rendimiento, Fondo Sectorial de Investigación para la Educación, Fondo de Inversión y Estímulos al Cine, Fondo para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, etcétera.

Pongamos un ejemplo, el FONDEN, todos los mexicanos somos testigos de los terribles daños ocasionados en Veracruz, Puebla, Hidalgo y algunas otras zonas por las que cruzó el potente y destructor huracán Grace, dejando a su paso una estela de muerte y destrucción. Hasta el gobierno anterior, los recursos del Fondo de Desastres Naturales se hubiesen utilizado para remediar los daños y ayudar a los damnificados de inmediato. Pero como el tabasqueño aborrece las instituciones, pues desapareció este organismo diseñado para estos fenómenos, dejando en el absoluto desamparo a los mexicanos afectados (pretendiendo en su desatino que los ciudadanos salgan a ayudar, y resolver, una responsabilidad que le atañe a él y su gobierno).

Aquí en Jalisco lo vimos en días recientes, cuando algunas colonias de Zapopan, que indebidamente permitieron se asentaran en los márgenes de ríos y arroyos, con los recientes incendios en el Bosque de la Primavera (lo cual produjo lodos y eliminó barreras naturales contra el agua) hace poco mas de dos semanas con una mega tormenta se inundaron totalmente, destruyendo el patrimonio de todos, incluso derribando muchas viviendas. Y al no haber el FONDEN y los gobiernos locales no contar con fondos para estos desastres mayores, los afectados han tenido que salir a bloquear el Periférico (con los daños que ocasiona a terceros y a la convivencia ciudadana, ya de por sí tan deteriorada). ¿Y el presidente? Muy bien, en su show mañanero poniendo videos de Juan Gabriel y Rocío, o peleándose con Ricardo Anaya.

Los mexicanos no podemos continuar con ese clima de destrucción contra las Instituciones Públicas implementado desde Palacio Nacional. Ninguna democracia verdadera podría sostenerse. Urge hacer un alto, atender los reclamos de la sociedad y enderezar el rumbo. El presidente López Obrador ganó las elecciones, pero no compró el país como para tomar semejantes y tan dañinas decisiones.

Atrapados por una pandemia que no ha querido ni sabido atacar científicamente el presidente, en lugar de fortalecer el sector salud oficial (antes que ninguna otra acción pública), de proveerle aparatos, medicamentos e insumos para hacer su loable labor de la mejor manera; ha dejado a este sector en el abandono, a su suerte, en la precariedad, de manera que el medio millón de muertos por coronavirus no es producto del azar, sino de haber mandado al diablo a las instituciones. De no ver ni atender a los ciudadanos, solo al ego.

     ¿Cómo entender que urgidos de una mejor y mas desarrollada ciencia AMLO desaparezca el Fondo de Cooperación en Ciencia y Tecnología, que desaparezca también las becas para estudiantes de posgrado (para capacitarse en el extranjero)? ¿Cómo…?

No ha cumplido tres años en el gobierno, y los daños parecen ya irreparables. Haciendo otra observación, acaban de terminar las Olimpiadas de Tokio y los atletas mexicanos hicieron un papel irrelevante. Aunque se habrá de considerar que si no hubiera desaparecido el Fondo para el Deporte de Alto Rendimiento los atletas se hubiesen concentrado más en sus disciplinas que en buscar la manera de comer (sobrevivir).

Lo más grave, entre tantos yerros gravísimos, es la campaña del presidente en contra del Instituto Nacional Electoral y el Tribunal de esa materia. Al primero, por ley, por institucionalidad y respeto a la democracia mexicana, no debería de tocar ni siquiera con sus cotidianos exabruptos, mucho menos cuchileando a sus dizque legisladores para intentar dañar o desaparecer esa Institución que tanto nos ha costado a los mexicanos. Que si bien sus salarios son escandalosos, es asunto que debe de ventilarse (y remediarse) con la sabiduría y mecanismos legales necesarios; sin romper la armonía social y mucho menos la constitucional.

     En su odio y fobia contra las Instituciones, cuestión que de paso muestra al presidente como un anarquista radical, también pretende aniquilar el Tribunal Electoral. Las Sagradas Escrituras advierten con severidad algo que ha estado haciendo el presidente durante su terrible gestión: “¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder!” (Miqueas 2:1). Las mañaneras no han servido más que para hacer saber malas nuevas.

El daño causado a México ya es demasiado. Es tiempo que algunos de los miembros del gabinete, así como de empresarios allegados a López Obrador y líderes universitarios, le hagan saber lo que sucede, de la necesidad de un cambio de rumbo para bien. Las Instituciones Públicas no se deben mandar al diablo, allá deben enviarse la maldad y las decisiones erróneas. México necesita y reclama con urgencia un retorno al orden y el estado de derecho.

¡Hasta el próximo sábado si Dios nos permite!

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