MÉXICO NO TIENE PRESIDENTE

No es necesario citar textualmente la Constitución para señalar los deberes del presidente de la República. La inmensa mayoría de los mexicanos los saben y esperan que se cumplan, en especial, cumplir y hacer cumplir la ley. Sin embargo, el actual titular del poder ejecutivo, Andrés Manuel López Obrador se limitó a ganar las elecciones para el cargo, lo que nunca ha sido es presidente. El cargo le quedó inmensamente grande, por eso repudia sus deberes (repudio alimentado por su formación anarquista y su ego enfermizo hasta lo irracional), incapaz de admitir su conducta réproba y cuasi delictiva.

     Dicho en otras palabras: su ignorancia, incapacidad, limitaciones, pero sobre todo, su rechazo a no aprender y mucho menos reconocer sus incontables yerros e inacciones (derivadas de su altísima responsabilidad), le condujeron casi de inmediato al repudio voluntario de la presidencia de México; cargo que detenta en lo formal, pero jamás en lo real. El caos en el que se encuentra el país lo demuestra y le exhibe a diario.

     La cuestión de fondo es que no podemos detenernos en el diagnóstico. La gravísima situación en la que se encuentra el país requiere de un retorno inmediato al orden legal, por tanto, al estado de derecho. El poder en manos de los delincuentes de todos tamaños y colores debe ser detenido y recuperado de inmediato por la República. Las instituciones públicas no pueden seguir el deterioro, inacción y envilecimiento al que una persona no apta las ha conducido.

     El país se encuentra bañado en sangre y sometido al terror impuesto por las bandas criminales ante la complacencia e inacción de López Obrador, al grado que en estos días un ejército de estos criminales cerró la carretera entre Ciudad Victoria y Monterrey con todos los daños que esto ha ocasionado reclamando liberen a su líder; un asesino llamado Octavio Leal Moncada detenido en Monterrey, N.L. por un crimen pendiente de pagar (que sin duda la lista es larga) y amenazando con atacar y hacer más daño.

     Las masacres que suceden todos los días y todas las semanas, jamás cesan ¿y qué hace el presidente? Nada, absolutamente nada. Es un hombre sin entrañas, ajeno al dolor del prójimo, capaz incluso de disfrazarse de cristiano evangélico, sin embargo sus acciones y palabras le ubican en el bando contrario. Se preocupa únicamente de las siguientes elecciones. La muerte, el desplazamiento de poblaciones enteras, el despojo de bienes y el dolor de millones de mexicanos que sufren por causa de los delincuentes engreídos e intocables no le importan, le son cosas ajenas.

      La llamada Guardia Nacional solamente es un costoso ornamento que no sirve para nada a los mexicanos, su función se limita a ser llevada a lugares donde han acontecido masacres para hacer rondines y aparentar ‘hacer algo’, pero sin jamás molestar a los asesinos y delincuentes.

      Y si de repente se topan con un acto delictivo in fraganti (como sucedió en el Estado de Hidalgo en donde encontraron a una banda robando combustibles) y siendo recibidos a tiros, los uniformados se atrevieron a repeler y abatieron a dos delincuentes. No lo hubieran hecho. La turba enardecida no solo les expulsó del pueblo, sino que se atrevió a echarlos de su cuartel y dañar las patrullas. Ese es una caricatura de estado mexicano, una burla.

     Las bandas delincuenciales ante los abrazos ofrecidos por el gobierno le han tomado la palabra y se han apropiado de grandes zonas del país, provocando con su presencia; desde el abandono total de comunidades (con todo el daño que esto ha provocado a decenas de miles de mexicanos), hasta convertirse en un segundo gobierno que cobra impuestos (cobro de piso) e impone su violenta ley, cobrando en este momento más de 150,000 vidas (asesinatos). Casi 130 mil a la vista de todos, el resto, enterrándolos en fosas clandestinas que cuando encuentran los cuerpos no los suman a las estadísticas).

     En Estados como Guerrero han llegado a tal cinismo y poder que no solamente expulsan al Ejército y Guardia Nacional, sino que se han adueñado de vidas y bienes de todos los ciudadanos convirtiendo su existencia en un verdadero infierno que no le importa en absoluto al que cobra como “presidente”. En Acapulco, Taxco, Zihuatanejo y otras ciudades y pueblos, las bandas de asesinos imponen su impuesto a negocios, profesionistas, taxistas, camioneros, etcétera. Incluso los mercados ya son controlados por los facinerosos poniéndole precio al pollo, aguacates, limones y demás productos. Los dueños del país pues son los asesinos ¿A López Obrador no le importa nada de lo que sucede, o toda esta desgracia es parte de la 4-T?

     El estado de derecho, ya muy maltrecho en el último trienio de Peña Nieto, (quien no quiso “pasar a la historia como represor”), en los casi cuatro años de López Obrador se ha convertido en nada, en una costosa farsa, en la que policías, ministerios públicos y todo el poder judicial (estatales y federal) aparentan trabajar, pero sin resultado alguno; dejando a los mexicanos sin justicia y sin protección alguna sobre sus personas, integridad y bienes.

    La antigua PGR o FGR es un ente al servicio del tabasqueño para perseguir y detener a sus enemigos (Rosario Robles es un claro ejemplo), dejando la titularidad de tan importante dependencia en manos de un hombre ambicioso, cruel y vengativo, ajeno al orden constitucional y el estado de derecho, al que AMLO apoya a pesar de sus múltiples escándalos, yerros y denuncias públicas.

     De manera, pues, que México no tiene presidente. Apenas cuenta con un usurpador que habiendo ganado las elecciones, se ha negado a asumir sus muchas responsabilidades inherentes al cargo, dedicándose todos los días al juego electoral(inventado por él) y montar un show matutino para regodear su mega acariciado ego, olvidándose de todo del país, que sufriendo como nunca antes, sus habitantes, como ya se dijo, viven aterrorizados por una fauna criminal de todos tipos y tamaños, agobiados por una economía que se tambalea; mientras el usurpador se burla de ellos y a los que se atreven a levantar la voz los ofende y ataca con furia de energúmeno. Quizá al clero católico le faltó pedir en sus oraciones que Dios nos mande un verdadero presidente ¡AMÉN!

¡Hasta el próximo sábado si Dios nos permite!

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