EL DERECHO DEL PRESIDENTE

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    El Presidente Peña Nieto (como cualquier gobernante en cualquier nivel) tiene todo el derecho a expresar con absoluta libertad lo que su gobierno ha hecho. Resulta necesario que el pueblo se entere de lo que hacen, de sus proyectos, del destino de los recursos públicos y la manera como se gastan; cuestión que en el presente molesta a ciertos sectores cuando lo cierto es que no solo es una necesidad, sino un deber de informar.

     Lamentablemente el ancestral maniqueísmo del mexicano es incapaz de permitir el acierto o el éxito del otro. Vaya, ni siquiera es capaz de reconocer y mucho menos aceptar su actitud egoísta que le impide ver en los demás las acciones justas o bien logradas. Más de algún lector que no me conoce dirá que soy un periodista pagado por el gobierno. Ratifico lo que mis añejos lectores ya saben: jamás he trabajado en el gobierno (ni quiero ni pretendo tampoco), ni pido ni recibo dadiva alguna. La dignidad y profesionalismo del oficio son necesarios en cualquier época.

    El insigne José Joaquín Fernández de Lizardi, primer novelista del México independiente, escribió con tino durante aquellos días difíciles: “El discurso es una prenda dada al hombre por la liberalidad del Ser Supremo, y sería una ingratitud execrable hacer del beneficio armas contra el mismo benefactor. Sería igualmente horroroso que abusáramos de esta libertad contra el mismo gobierno que nos la concede. Estoy muy lejos de acercarme a defender tan crasos desatinos.” (El Pensador Mexicano, 1812).

    Décadas después Francisco Zarco escribiría lo siguiente: “La primera cualidad que debe tener un periódico es la más absoluta independencia y bastante buen juicio e imparcialidad para no declararse partidario ciego ni del que manda ni de los que le hacen la oposición y procurar solo el bien del país” (El Demócrata, 5 de junio de 1850).

     De manera que el periodismo como cualquier oficio o profesión requiere de ética, y ésta ciertamente nos obliga a denunciar yerros y corruptelas, como también nos obliga a aplaudir y reconocer logros. Aun cuando el que los obtenga no sea de nuestro agrado o simpatía. En esto radica la madurez personal y la ética en el ejercicio.

     El actual Mandatario de la Nación ha estado quizá como pocos en más de medio siglo sujeto a las más despiadadas críticas, la mayoría de ellas injustas y sin sustento. Nacidas en el campo de sus enemigos políticos y propaladas como cáncer a través de redes sociales y rumores sin sustento.

     ¿Es sensato creer que quien cursó una Licenciatura y una Maestría (en la Ibero) no haya leído siquiera tres libros? Es obvio que ante una respuesta que merecía escoger los tres mejores libros, la pausa fue utilizada por sus enemigos que no soportaron la derrota en las alecciones para inventarle una ignorancia de la que está muy lejos el Presidente. Su manera elocuente de expresarse y el hilvanado de sus ideas muestran sin retoques una mente lúcida y cultivada.

     En lo personal no gano nada por decir estas cosas, sin embargo gano mucho al decir la verdad, pues al expresarla mi espíritu permanece libre y oxigeno de alguna manera un ambiente que requiere más expresiones de libertad no sujetas al compromiso, al temor, a la crítica, o a decir algo políticamente incorrecto (como parece ser hablar positivamente del estado mexicano).

      Para concluir: creo con absoluta convicción y en todos los órdenes, que el Presidente Peña Nieto tiene todo el derecho para dar a conocer a sus gobernados tanto sus logros como proyectos en trámite. De hecho se trata de información que le resulta obligada no solo a él, sino a quien ocupe esa responsabilidad.

     El señor López Obrador y sus huestes de fanáticos, así como aquellos ciudadanos que critican a diario al presidente (en turno) ―solo porque los demás lo hacen y sin tener los elementos de juicio suficientes para emitirlo―, le hacen gran daño al país y  se hacen daño a sí mismos, pues como advierte la sentencia divina.“no erréis, todo lo que el hombre sembrara eso también segará”.

     Permitamos pues que el Presidente nos hable e informe con toda libertad y una vez que tengamos esa información, analicemos detenidamente aquellos renglones que nos interesan, que de hallar yerros le digamos directamente o a través de los medios nuestro desacuerdo o inconformidad (para que se rectifique), como también de encontrar aciertos no vacilemos en reconocerlos y darles el crédito. En esto radica gran parte de la verdadera democracia y de la madurez de un pueblo.

¡Hasta el próximo sábado, si Dios nos permite!

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