Opinión
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Hay personas tan miserables que lo único que tienen es dinero. Donald Trump es una de ellas. Su ignorancia es proverbial, me recuerda a otro chiflado, que aunque pacífico, cuánto daño le hizo a México y me refiero a ¡Vicente Fox! La ignorancia debe mantenerse lejos del poder público, igual la soberbia, ya que de conjuntarse en una persona llámese presidente, primer ministro, rey, dictador o lo que sea, a final de cuentas termina en la categoría ya mencionada (dictador).

A simple vista Trump pareciera semejarse al personaje de Jerzy Kosinski, pero no, su Chance Gardiner era un hombre limitado, sin malicia, que desconocía el mundo y su maldad por haber estado encerrado en aquella mansión de la que es echado a la calle para ─gracias a un accidente─ entrar a otra mansión en la que se le confunde con un hombre sabio, con un filósofo profundo capaz de aconsejar a los poderosos de la Tierra, cuando lo cierto es que decía puras tonterías (Desde el jardín, Anagrama).

Definitivamente no es Trump, que no dice tonterías, sino maldades que hay en su mente y corazón perverso que podrían materializarse si el gobierno de su país no hace nada por detenerlo. En México ninguna cabeza pensante consideró que el chiflado e ignorante Vicente Fox llegaría al poder, y llegó. Igual pude suceder allá pues ignoran lo que realmente es la democracia. La valiosa reflexión que Alexis de Tocqueville hiciera de ese país en el siglo XIX parece ser ya cosa del pasado, asunto de museo sin aplicación actual alguna.

Trump, con su pelo pintado e insoportable arrogancia, ha dejado salir el vikingo que todo anglosajón lleva dentro como decía Vasconcelos; aunque nuestro Ulises criollo decía que tal metamorfosis ocurría en cuanto pasaban el río Bravo. Sin embargo el miserable millonario desde allá nos pretende acabar. Quizá no digiere todavía la derrota que el tapatío Enrique Castellanos, maestro de golf del GCC, le propinara hasta por dos ocasiones, una en Guadalajara, la otra en Barra de Navidad. Y mi amigo Enrique es moreno, como la mayoría de los mexicanos ¿Se imagina para el orgullo de este racista?

Por si faltara algo a su ira desatada, propia de un loco, pretende construir un muro en la frontera entre nuestros países, no con cargo a quien construye, sino del vecino que ni quiere, ni puede pagar muro alguno.

No puedo asegurar que olvide, porque para que tal cosa suceda se requiere antes conocer de algo, y todo parece indicar que Donald Trump ignora el despojo sufrido por México a manos de su país, en el que se nos quitó por la fuerza más de la mitad de nuestro territorio. Los que nacimos en otras épocas es una herida, agravio o como se le quiera llamar, que jamás olvidaremos. ¿Qué un mexicano sin documentos pase a California, Arizona, Nuevo México, Texas, etcétera, no debiera ser tratado con mayor respeto que cualquier otro inmigrante por ser dueño original y legítimo de esas tierras? No que se les conceda la ciudadanía, simplemente permisos provisionales de trabajo con obligado pago de impuestos. Fácil, sencillo, provechoso para ambas partes y evitaría tantos problemas y costos a los dos países.

Ni qué decir de los trabajadores agrícolas durante y posteriormente a la 2ª guerra mundial. De no haber sido por nuestra gente los yanquis no hubieran ni comido ni ganado la guerra, pues para ganar hay que comer. Los jóvenes podrían pensar que podrían comprar comida en otro lado pues ignoran que en ese entonces los Océanos eran un polvorín. Era tal el miedo de nuestros vecinos a los extranjeros, que a sus propios ciudadanos de origen japonés los metieron en campos de concentración; en cambio a los nuestros, que bien saben es pueblo bueno y noble (mientras no se drogue ni se haga parte de cartel alguno) los llevaron a sus campos agrícolas, ferrocarriles y fábricas para aprovechar su buena y confiable mano de obra.

     Nobleza obliga reconocimiento y este patán de pelo pintado carece de toda decencia pues su vida se rige por el dinero. Posesión que le hace miserable, ajeno a la grandeza pues como escribía Ikran Antaki de algunos de sus ancestros: “Nuestra relación con el dinero ha sido siempre diferente, había esa lejanía, esta distancia que permitía perderlo sin preocupación, una cierta aristocracia del alma que lo despreciaba. El terrible privilegio de no haber nacido pobres nos permitía llegar a la madurez sin deseos mayores. Sabíamos que las cosas no eran mas que cosas” (El Secreto de Dios, pág. 129). Esperemos pues que la cordura retorne a gobierno y pueblo norteamericano.

LOS PINOS Y EL MUNDO AL REVÉS

     Esta semana en Los Pinos aconteció un hecho inesperado para todos los mexicanos, al menos para la mayoría. El Presidente recibió a homosexuales, lesbianas y toda clase de personas metidas en ese submundo para decirles que va a pedir que les conceda el carácter de “matrimonio” a sus uniones, para agregar después que también se les conceda el derecho a adoptar.

Esta acción desagradó a la mayoría de las familias mexicanas que son decenas de millones. El mexicano común, trabajador, que se esfuerza por sacar adelante su familia y mantener de pie este país nunca podrá visitar Los Pinos. En cambio a este reducido sector de la sociedad se le concede toda la atención, todos los reflectores, toda la prensa, todo, todo, todo.

Es verdad que un presidente está obligado a velar por el bienestar de todos los mexicanos, pero debe velar por él como ciudadano, no por ser homosexual, de lo contrario queda obligado a velar por todos desde aspectos, vicios, deformaciones y demás no contemplados en la ley. ¿Los derechos del narco, de la prostituta, del ladrón tienen que protegerse desde su preferencia de vida y actividad?

Los periódicos de Estados Unidos lo felicitaron por progresista y liberal; término que en realidad debe ser modificado agregándole “tino” (liberal como lo entendieron Juárez, Altamirano, Ocampo y demás, no tiene nada que ver) ¿Había necesidad de amistarse con lo pocos y enemistarse con los muchos? Porque si en el asunto de los chamacos de Ayotzinapa asesinados en Iguala su gobierno no tiene culpa alguna; en esta decisión es completa. Una mala decisión delante de Dios y de los hombres.

¡Hasta el próximo sábado, si Dios nos permite!

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