TERREMOTOS: DESGRACIA Y REFLEXIÓN

No pasaron siquiera dos meses de los terremotos en Venezuela que impactaron al mundo entero cobrando 6,301 vidas, miles de desaparecidos y daños incalculables; cuando a su vecina Colombia le ocurre lo mismo. Eran apenas las 7:34 horas del lunes 11 de agosto, cuando un terremoto de 7.4 grados azotó a varias ciudades y pueblos de ese país encontrando entre los edificios derrumbados hasta el viernes: 287 muertos, 3,975 heridos y 378 desaparecidos.

Los videos comenzaron a circular ese mismo día, y la verdad es que son escalofriantes. Edificios, templos y viviendas caían como si fuesen de cartón, mostrando al ser humano su fragilidad ante los fenómenos de la naturaleza, ya que en ese mundo también frágil habitamos todos (vivir es una palabra más profunda y trascendente).

El terremoto duró más de minuto y medio (96 segundos), haciendo sentir a los pobladores afectados que aquella pesadilla de terror no terminaba (muy parecido al que sacudió la ciudad de México en 1985). Pesadilla que en este año han experimentado en mayor o menor medida: Malasia (7.1), Tonga (7.5), Vanuatu (7.3), Indonesia (7.4), Japón (7.4), Filipinas (7.8), Venezuela (7.2 y 7.5), y México (7.3).

Ciertamente temblores y terremotos han sido parte de las vivencias de la humanidad. Lo que cambia, y esto de manera sustancial, es la corta frecuencia entre uno y otro. Antaño pasaban muchos años para que sucedieran estas catástrofes que tantos daños y terror causan. Hoy no sucede así.

Videos que circulan en las redes muestran a las personas que los grabaron, al igual que a otros testigos presenciales, en verdaderas expresiones de pánico. Son vivencias en las que el ser humano se da cuenta total de su fragilidad existencial, momentos en los que sus seguridades se hacen añicos ante el sacudimiento del planeta que pareciera acabar con todo.

     En unos cuántos segundos quienes están pasando por esa horrenda experiencia son confrontados en su pequeñez y fragilidad. Cobran conciencia de cuán débiles y carentes de seguridades somos. De que todos nuestros logros son nada ante el poder de una naturaleza que nos avasalla y deja inermes.

¿Qué somos en realidad? ¿Cuán trascendentes en lo presente y lo futuro? ¿Qué tanto de lo que creemos ser y confiamos en este breve tránsito terrenal es cierto? ¿Estamos sostenidos en verdades eternas, o en fantasías producto del orgullo y la soberbia humanas?

Acerca de estas preguntas, que quienes hemos vivido estos fenómenos de la naturaleza nos hemos hecho, algunos pensadores famosos también han dejado su opinión. Oscar Wilde manifestó abiertamente su rechazo a las catástrofes y tragedias (permitiendo ver sus temores internos): “…La vida es terriblemente deficiente en cuanto a la forma. Sus catástrofes acontecen de manera equivocada y a las personas a quienes no corresponden. En sus comedias hay un horror grotesco, y sus tragedias parecen culminar en farsa”.

En tanto que Blas Pascal acentuaba nuestra fragilidad: “…Entre nosotros y el cielo o el infierno no hay otra cosa que la vida, que es la más frágil de todas las cosas”, considerando de lo más acertada la opinión de Benjamín Franklin quien escribió: “…Si se me dejara elegir, yo no tendría ningún inconveniente en repetir la misma vida desde su principio. Lo único que pediría es el privilegio que se concede a los escritores cuando tienen una segunda edición de sus obras de corregir algunas faltas de la primera”.

Las Sagradas Escrituras (Biblia), además de exponer y ofrecer a toda la humanidad su mensaje de salvación eterna, anuncian proféticamente los tiempos del planeta. No en el sentido científico como algunos escépticos quisieran, pues no es un libro de ciencia, sino de vida (religión como le han clasificado), de manera que en sus páginas se narra a través de períodos el destino y tiempo(s) de los seres humanos; de su presencia (o ausencia) en la Tierra, así como de su destino final.

Lamentablemente a través del pensamiento de Tomas de Aquino se contaminó la teología con la filosofía griega, de manera que las verdades y enseñanzas divinas reveladas en la Biblia fueron desviadas hacia experiencias y conceptos sin aval alguno. Recordemos que este bendito libro fue revelado al pueblo judío durante un período de 14 siglos aproximadamente (desde Moisés hasta Yohanán o Juan en la isla de Patmos) y no requiere de ayudas externas para su interpretación.

En las Escrituras el personaje central es Dios, no el hombre, que caído a causa de su rebelión en el Paraíso (Adán quiso independizarse y “ser como Dios”) es condenado a morir y con ello dejando esa consecuencia a la humanidad toda. Creyentes y ateos, todos pasamos por esa experiencia.

Siendo entonces el amor la esencia de Dios, implementó un plan de rescate para los seres humanos, el cual, y ante la falta de espacio para explicarlo, me limito a decir que envió a su Hijo Jesucristo (Yeshua el Mesías) a rescatar de la muerte eterna a todos aquellos que creyeran en El y le entregaran su vida, para lo cual dejó su mensaje por escrito (para evitar errores, desviaciones y confusiones).

Y es justo en ese mensaje que Dios anuncia proféticamente que su Hijo amado retornará, no como lo hizo hace 20 siglos, sino con todo poder y para reinar sobre todas las naciones de la Tierra. Antes, sin embargo, las Escrituras recogen también en los llamados Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) la profecía de YESHUA (JESUS) describiendo las condiciones de la humanidad previas a su retorno, así como los hechos que ocurrirían y han estado ocurriendo a la vista de todos, pero que pocos, muy pocos, están conscientes de lo que sucede en el planeta.

Entre los muchos sucesos de esa profecía el Mesías señala textualmente: …“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores” (Mat 24:7-8). Vaticinio que el profeta Isaías ratificó siglos atrás: “Será quebrantada del todo la tierra, enteramente desmenuzada será la tierra, en gran manera será la tierra conmovida. Temblará la tierra como un ebrio, y será removida como una choza; y se agravará sobre ella su pecado…” (24:19-20). Tiempos, pues, de desgracias y reflexión ¿o usted qué opina estimado lector?

¡Hasta el próximo sábado si Dios nos permite!

Email: mahergo1950@gmail.com

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