PRESIDENCIA: LA TUVO Y LA DEJÓ IR

Durante dieciocho años la persiguió, su obsesión enfermiza por hacerse de la presidencia de la República carece de antecedentes, al menos del siglo pasado a la fecha. Limitado de capacidades para tan alta responsabilidad, aunque sobrado de ego, Andrés Manuel López Obrador supo cómo llegar a varios millones de mexicanos que jamás hubieran votado por él, pero que la violencia, la criminalidad desbordada y la indiferencia de los gobiernos en sus tres niveles, lograron hacerlos caer en su oferta política.

     El 2 de julio de 2018 ganó las elecciones, y el 1 de diciembre de ese mismo año tomó posesión de tan alto encargo, responsabilidad para la que desde el primer día demostró no contar con la estatura política requerida. Su limitada formación, su corta visión de estado y su confusa y cuestionable moralidad le exhibieron de inmediato.

    Su primer resbalón lo cometió desde el inicio al cancelar de manera absurda y suicida (política y económicamente hablando) el NAIM, argumentando para su decisión que había corrupción. Pasando por alto que ya se habían invertido en el mega proyecto cientos de miles de millones de dineros públicos, y si había detectado corrupción, bastaba con detener y procesar a los corruptos que delinquieron. Pero no cancelar una obra que además de necesaria, detonador de procesos económicos, de pasó ancló su figura en el mar de la desconfianza, ahuyentando las inversiones foráneas y locales.

     En su limitada visión de estado, puso a sus incondicionales a que ‘votaran’ para cancelar el NAIM y con 700 mil de sus adeptos, se decidió por más de 125 millones de mexicanos ¿Así o más absurdo y fuera de toda equidad y legalidad?

     El haberse rodeado de resentidos sociales (y no pocos fugitivos de la justicia) así como de mediocres, círculo en el que las inteligencias con dignidad no aparecen por ningún lado, la cadena de errores se ha sucedido uno tras otro, sin que el presidente ciego las vea y sus colaboradores tampoco (o carezcan del valor para decírselo).

     Las huelgas contra las maquiladoras en Tamaulipas, la intención (frustrada) de eliminar las comisión de los Bancos (en lugar de limitar sus abusos), su guerra contra los roba combustibles y sus extraños métodos de solución, su deseo de construir una refinería con colaboradores que no tienen la menor idea de cómo construir un edificio (no se diga un asunto tan complejo como una refinería), el permitir que los maistros vándalos y delincuentes de la CNTE paralizaran gran parte de la economía mexicana al tomar las vías del ferrocarril provenientes del puerto de Lázaro Cárdenas (sin tocarlos ni molestarles en absoluto), así como el mamotreto ese llamado ‘Reforma Educativa’ en el que el empleado dice al patrón lo que se tiene qué hacer, así como la toma de casetas y destrucción de Edificios públicos, papeles y mobiliario, han sido guste o no, se acepte o no, el sello de esta administración que prometió mucho y solo ha sido fracaso tras fracaso.

     Errores que desde permitir la construcción del NAIM, pueden ser enmendados con eficacia y prontitud. Pero se requiere de humildad y compromiso por México, pues como dicen las Sagradas Escrituras, “el que reconoce su pecado prosperará”. Lamentablemente después de seis meses en el cargo (y cinco que le permitieron tomar toda clase de decisiones durante el gobierno de Peña Nieto) AMLO no ha mostrado signos de cambio, de enderezar el rumbo y corregir los yerros.

     Situación que lejos de enmendar ha empeorado y esto de manera gravísima. Así que sumando este semestre de errores, habrá de decirse con toda claridad, que, definitivamente el día que AMLO dejó ir la presidencia de sus manos, fue el domingo 26 de mayo, día en que una treintena de camionetas repletas de hombres armados y con siglas en los vehículos del CJNG interrumpieron en la madrugada en la ciudad de Zamora, Michoacán, sembrando terror entre la población, asesinando a 3 policías e hiriendo a 10 más, sin que el gobierno de López Obrador haya intervenido en absoluto. Asunto que se agravó con la detención de militares en otro pueblo de Michoacán.

     Habiendo prometido en su campaña poner orden y condenar al gobierno de su antecesor (cuyo principal error fue carecer de valor para enfrentar a los delincuentes con todo el poder del estado mexicano), una vez en el poder ha resultado peor. Los índices de criminalidad han aumentado y el presidente se limita a hablar y prometer cosas en las mañanas. No quiere darse cuenta que ya no está en campaña, que ya es el presidente.

     En los hechos del domingo 26 de mayo López Obrador fue retado por los delincuentes y no movió ni un dedo. Teniendo un Ejército valiente y capacitado para enfrentar y acabar a la fauna de criminales que aterrorizaron a la población de Zamora, no intervino, de hecho, guardó absoluto silencio. El, tan platicador todas las mañanas, que habla y acomoda todo, claro, en su mente y con palabras, aunque las cosas no se acomoden a su fantasía, no dijo nada.

     Ese día, Andrés Manuel López Obrador perdió la presidencia de la República, la dejó ir por su indecisión, por su falta de compromiso con los mexicanos, por su juramento (protesta) en falso de cumplir y hacer cumplir la ley. En todo caso, de no corregir de inmediato su inacción y enmendar sus múltiples yerros, le queda el camino de Amadeo de Saboya, quien al sopesar el tamaño de su responsabilidad y saberse incapaz, renunció con estas palabras:

“Grande fue la honra que merecí a la nación española eligiéndome para ocupar su trono; honra tanto más por mi apreciada, cuanto que se me ofreció rodeada de las dificultades y peligros que lleva consigo la empresa de gobernar un país tan hondamente perturbado….   Alentado, sin embargo, por la resolución propia de mi raza, que antes busca que esquiva el peligro, decidido a inspirarme únicamente en el bien del país, y a colocarme por cima de todos los partidos, resuelto a cumplir religiosamente el juramento por mí prometido a las Cortes Constituyentes, y pronto a hacer todo linaje de sacrificios por dar a este valeroso pueblo la paz que necesita, la libertad que merece y la grandeza a que su gloriosa historia y la virtud y constancia de sus hijos le dan derecho, creí que la corta experiencia de mi vida en el arte de mandar seria suplida por la lealtad de mi carácter, y que hallaría poderosa ayuda para conjurar los peligros y vencer las dificultades que no se ocultaban a mi vista…   Conozco que me engañó mi buen deseo. Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo… Estas son, señores diputados, las razones que me mueven á devolver á la nación; y en su nombre á vosotros, la corona que me ofrecía el voto nacional, haciendo de ella renuncia por mí, por mis hijos y sucesores.

Estad seguros de que al despedirme de la corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarla todo el bien qué mi leal corazón para ella apetecía…Amadeo. Palacio de Madrid, 11 de febrero de 1873”.

¡Hasta el próximo sábado, si Dios nos permite!

 

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