AMLO: UN AÑO DESPUÉS

Hace más de un año que escribí el presente artículo (semana del 27 de octubre al 02 de noviembre de 2018), las acciones del presidente López Obrador ya en el poder, responden al cuestionamiento que sobre su persona se hacía desde este espacio. Juzgue el lector si el análisis era correcto o errado:

¿NACE UN DICTADOR?

          Si López Obrador no entiende que la opción viable para el nuevo aeropuerto para la capital del país está en Texcoco, la que recomiendan los que en verdad saben y pueden opinar, malo. Pero si esto no le importa y lo único que quiere es darse gusto a sí mismo y a la mafia de anarquistas que le siguen, peor. Estaríamos ante el parto de un futuro dictador.

     Y es que como dijera Don Alfonso Reyes: “No se es dictador en vano. La dictadura como el tósigo, es recurso desesperado que, de perpetuarse, lo mismo envenena al que la ejerce que a los que la padecen”.

     El perfil del presidente electo, tantas veces analizado en este espacio y por tantos otros compañeros de oficio, no ofrecería nada nuevo. Tan solo ratificaría lo que ya se conocía de él, lo que se ha dicho hasta el cansancio.

     Durante la larga campaña electoral algunos, en su deseo de que ya haya cambiado, hicieron su mejor esfuerzo para analizar a un candidato que mejoró su visión de las cosas, que se supo rodear de mejores gentes que le aconsejaran, lo cual lamentablemente no era cierto, se trató de un autoengaño. Si dejó de bloquear e incendiar pozos petroleros es porque ya envejeció y carece de fuerzas, pero su terquedad e inclinación hacia la anarquía y los anarquistas, así como su repudio al orden, a las riquezas obtenidas mediante el esfuerzo, inteligencia y trabajo continúan. Su eterno revanchismo social sigue siendo el mismo.

     Para él los riquillos y a los que les gusta vivir de otra manera, de buena manera, son “fifís” según su criterio y no tienen derecho a gastar en las cosas que les gustan. Su afecto y apoyo son para los macheteros de Atenco, los maistros de la CNTE, los ayotzinapos, las comandantas Nestoras, Napos, y demás violadores de la ley y el estado de derecho. Entre esta gente que solo produce problemas y caos es donde se siente bien, como pez en el agua.

    Grupos e individuos a los que el escritor y académico francés Jean d’Ormesson aglutinara bajo un atinado término «La ineptocracia», término que también definió con la misma precisión: “La ineptocracia, es el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías, que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que saben que son idiotas”.

     Gran parte de los votantes hizo lo mismo que los venezolanos en su momento con Hugo Chávez, quien entendiendo el hartazgo de las masas ante la corrupción e indiferencia de la clase gobernante les prometió combatir y mejorar el estado de cosas, le creyeron y le dieron el voto. La mayoría tiempo después se lamentaría con dolor y horror.

     Luego de las elecciones de julio, en lugar de trabajar en silencio, de diseñar con sus futuros colaboradores planes trascendentes, viables y acordes a la realidad y necesidades nacionales, lo primero que hizo López Obrador fue demostrar su carácter malformado, su falta de respeto por el otro y por las instituciones. Y aunque se quiso disfrazar de “evangélico” ―los neo protestantes conocen muy bien los principios bíblicos (aunque sea algunos, muy pocos): “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mat 7:12)― su impaciencia y carácter arrebatado le exhibieron tal cual es, le llevaron a destiempo a presentar su gabinete, a ocupar las planas y notas principales en los medios, a presentarse como el presidente que todavía no es, faltándole al respeto en primer lugar a los mexicanos, en segundo al presidente Enrique Peña Nieto, y en tercero, a la democracia (en seria amenaza).

     Si en verdad fuese neo protestante (es decir, protestante sancochado) conocería cuando menos que la Escritura advierte: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo cielo tiene su hora” (Ecle 3:1). Pero no, su limitado vocabulario, su lenta asociación de ideas le han marcado como un hombre de muy escasas lecturas y pobre visión de estado. Claro, las huestes vociferantes y amenazadoras de las que se hace acompañar y que le ayudaron a llegar al poder, atacan con fiereza a quien critique (con verdad) a su líder. Igual sucedió en Italia y la Alemania de los años ’30 en el siglo pasado.

     Pero está a tiempo de enmendar sus graves yerros. De echar a la basura su absurda consulta y futuros plebiscitos, encuestas y referendos tan queridos por los autócratas y dictadores para perpetuarse en el poder. Instrumentos mañosos en los que enredan a los ingenuos para aparentar ser demócratas.

     La opinión internacional tiene los ojos puestos en AMLO y en su absurda, por no decir estúpida consulta sobre el aeropuerto capitalino, de lo que él haga y decida respecto a esta obra, pues al resolver dará color y en qué tono pintará su gobierno. Rojo no, ya no existe (solo en la mente de los rabanitos criollos y en los ignorantes ayotzinapos que viven en un mundo de anarquía y doctrinas políticas no comprendidas, peor todavía, desechadas en todo el orbe por caducas e impracticables), sino de tonos grises con amarillo, cargados de mediocridad y llanto a causa del dolor de las multitudes.

     Y no se necesita ser adivino ni eminente politólogo para vislumbrar el futuro de México, basta con una mirada rápida a los escaños en las cámaras y reconocer nombres y caras, que sin mencionarse, son sinónimo de violencia, torpeza, corrupción, mañas, incapacidad, agresividad, carencia neuronal, y tantas deficiencias más. Si realmente López Obrador tiene voluntad de cambiar y dirigir el timón de la República hasta llevarlo dentro de seis años a buen puerto y entregar buenas cuentas al pueblo de México, urge que realice no varios, sino muchos cambios en su cosmovisión y allegarse a personas que realmente estén capacitadas para mejorar la condición del país y ayudarle al ahora presidente electo a tomar mejores decisiones, y no simples puntadas de campaña, como esa, de una ‘consulta para el aeropuerto’.

     López Obrador y su gente, al menos los más cercanos a él, a los que escucha, tendrán que aprender que democracia e independencia van juntas, son indisolubles, disminuir o acabar con la primera extingue la segunda. Nuestro premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, escribió al efecto: “La derrota de la democracia significa la perpetuación de la injusticia y la miseria física y moral, cualquiera que sea el ganador… Democracia e independencia son realidades complementarias e inseparables: perder a la primera es perder a la segunda y viceversa” (Sueño en libertad, pág. 392). ¿Será mucho pedir que se dejen de consultas absurdas, que esperen a que les llegue su turno para gobernar, y que cuando el plazo se cumpla, inviten a su equipo a otras mentes más lúcidas que les ayuden a pensar y planear un mejor país? De no ser así, quizá estamos viendo el inicio de una dictadura.

¡Hasta el próximo sábado, si Dios nos permite!

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